viernes 9 de octubre de 2009

volvimosssssssssssssss

martes 17 de febrero de 2009

¿Dejaría de fumar si le pagan 600 euros a cambio?



domingo 15 de febrero de 2009

Los Rusos aparcando

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The signs on the window read: “Dear Drivers! Please park your cars with exhaust pipes opposite to the window - we can’t breathe inside!”. Nobody cared.

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via idiotparking.ru



Mi nuevo ordenador portatil

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sábado 14 de febrero de 2009

Los hoygan de Yahoo respuestas

Seguro que al igual que a mi me ocurre, mas de una vez has buscado alguna cosa en Google y entre los primeros resultados aparece un enlace al servicio Yahoo Respuestas con exactamente la misma pregunta que tu le has hecho al buscador, y se supone, la respuesta a la misma. La idea de Yahoo respuestas es buena y recuerda mucho al funcionamiento de cualquier foro a la antigua usanza. Alguien tiene una duda, entra en Yahoo respuestas y busca la sección adecuada donde plantearla, la publica y luego llega gente que sabe del tema y le da respuesta.

Pero que la idea sea buena no quiere decir que en la práctica funcione, al menos a mi no me lo parece. Podéis hacer la prueba y daros una vuelta por allí, hay preguntas y respuestas para casi todo pero el sitio está tomado por los hoygans y la concentración de paridas por página es descomunal, es como ir a mear y no echar ni gota, aunque en su defensa diré que en este caso por lo menos te echas unas risas.

Para mas INRI, por algún extraño motivo Yahoo respuestas posiciona en Google cojonudamente, así que en un futuro no muy lejano me imagino que sea lo que andemos buscando, Google nos propondrá entrar en la Wikipedia o en Yahoo respuestas como primeras opciones. Aterrador.. Me recorre el cuerpo un escalofrío cada vez que lo pienso. ¿Que no? Ya veremos si opinas los mismo después de que veas los ejemplos que os traigo.

Pero antes me gustaría saber que pensáis vosotros.

  • ¿Realmente creéis que es útil Yahoo respuestas?
  • ¿Lo habéis utilizado alguna vez para preguntar algo?
  • ¿Y para responder algunas de sus preguntas pendientes de resolver?

Son cuestiones que me asaltan cada vez que me topo con este servicio. Sinceramente pienso que Yahoo respuestas es feudo casi exclusivo de hoygans y similares, pero quizás estoy confundido y realmente a la gente le parece útil y se usa con mas frecuencia de lo que yo pienso, ya me diréis.

Mientras tanto os dejo con 10 ejemplos de lo WTF que puede llegar a ser este servicio de preguntas y respuestas.

Los hoygan de Yahoo Respuestas

1. Empezamos con una falsa creencia popular que durante muchos años (y quizás aún) fue fomentada desde ciertos sectores religiosos y que aunque hoy nos provoque risa, atemorizaba a muchos varones de la generación de nuestros padres. La respuesta es la caña. Por cierto, esta pregunta me la encontré en la sección de oftalmología xD

Yahoo respuestas

Los otros 9 alucinantes ejemplos tras el salto..

2. También tenemos una sección de salud e higiene.. Hay que compatibilizar ambas cosas :P

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3. Alfonzo es un tío con suerte y aquello de “comerás gloria pero..” a el no le afecta.

Yahoo respuestas

4. Supongo que todo depende de donde y cuando te lo tires Kassandra. Además, será por la costumbre, los pedos de los demás siempre huelen peor que los de uno mismo :P Que escatológico.

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5. El siguiente es un caso puro y duro de hoygan con 0% de respeto a la gramática y ortografía mas elementales. Lo curioso es que hay gente que no solo entiende estos galimatías, si no que tienen la paciencia de contestar. ¿Es el idioma del futuro?

Yahoo respuestas

6. Atentos a la siguiente.. Leedlo todo porque no tiene desperdicio, pero os he subrayado la frase clave xD Nagrita, evidentemente NO estás embarazada.

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7. nee_nee_ tiene el culo mas peludo que teen wolf en invierno y eso en plena edad del pavo puede ser un problema grande. El AYUDENME con el que finaliza denota la honda preocupación que le embarga. Por favor, que algún alma caritativa comparta conocimientos y experiencia con el. Vamos a echarle un cable, que lo suyo es un sin vivir.

Yahoo respuestas

8. La sección de sexualidad da mucho juego a los hoygan. Atentos a este tipo, jeje. Lo que mas me ha gustado es la frase que os he subrayado. Determinación y seguridad no le falta, vaya huevos, jeje.

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9. Esta es la típica duda que me asalta varias veces al día. Menos mal que un experto en pirañas nos aclara en la sección “peces” que todo depende del tamaño de las mismas xD

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10. Y para que veáis que el fenómeno hoygan no es exclusivo de las versiones hispanohablantes de Yahoo respuestas acabamos el repaso con un ejemplo en inglés. Alguien que quiere saber como convertir su monitor en un espejo.. pero atención a la linea subrayada. Que nadie le proponga escanear un espejo, porque parece que ya lo ha probado y dice que no funciona :P

Yahoo respuestas

La verdad es que el tema daría para un post gigantesco. Solo he escogido 10 que he encontrado en una breve exploración del sitio, menos de media hora, pero la cantidad de chorradas que hay allí garantizaría días y días de entretenimiento. ¿Realmente Internet es bueno para la cultura? ¿O acabara con ella?



jueves 12 de febrero de 2009

ALGUNAS IMAGENES PARA ECHAR UNAS RISAS..........









































































































miércoles 11 de febrero de 2009

La fotografía de la pesadilla


Un hombre blanco perfectamente bien alimentado observa cómo una niña africana se muere de hambre ante la mirada expectante de un buitre. El hombre blanco hace fotos de la escena durante 20 minutos. No es que las primeras no fueran buenas, es que con un poco de colaboración del ave carroñera le salía una de premio, seguro. Niña famélica con nariz en el polvo y buitre al acecho: bien; no todos los días se conseguía una imagen así. Pero lo ideal sería que el buitre se acercara un poco más a la niña y extendiese las alas. El abrazo macabro de la muerte, el buitre Drácula como metáfora de la hambruna africana. ¡Ésa sí que sería una foto! Pero el hombre esperó y esperó, y no pasó nada. El buitre, tieso como si temiera hacer huir a su presa si agitara las alas. Pasados los 20 minutos, el hombre, rendido, se fue.



No se debería de haber desesperado. Una de las fotos se publicó en la portada de The New York Times y acabó ganando un premio Pulitzer. Pero incluso así se desesperó. Y mucho. El hombre blanco era un fotógrafo profesional llamado Kevin Carter. A los dos meses de recibir el premio en Nueva York se suicidó.

Hay dos preguntas. La primera, ¿por qué se suicidó? La segunda, ¿por qué no ayudó a la niña? La respuesta a la primera es relativamente fácil. La respuesta a la segunda es más interesante. Remontemos.

Kevin Carter nació en Suráfrica en 1960, dos años antes de que Nelson Mandela empezara su condena de 27 años de cárcel. Al llegar a la adolescencia empezó a entender que ser blanco en Suráfrica significaba ser una de las personas más privilegiadas de la Tierra y, al mismo tiempo, cómplice de una atroz injusticia. Cumplidos los 24 años, Carter descubrió que el periodismo era el terreno donde libraría su guerra particular contra el apartheid.

Comenzó su carrera en 1984, cuando las poblaciones negras en las periferias de las grandes ciudades -como Soweto, que estaba al lado de Johanesburgo- se convirtieron en campos de batalla. Jóvenes militantes negros, cuya única fuerza residía en su ventaja numérica, lanzaban piedras a los policías y a los soldados, que respondían con gases lacrimógenos, balas de goma o balas de verdad. Cientos murieron, miles fueron encarcelados. Soweto ardía, y allá, casi permanentemente instalado, estaba Carter, fotógrafo novato de The Johannesburg Star, expiando su culpa.

La gran ironía de la historia reciente de Suráfrica es que cuando salió Mandela de la cárcel en 1990, cuando empezó el proceso de paz que condujo cuatro años después a la democracia, se desató una violencia mucho mayor. Durante casi la totalidad de aquellos cuatro años, Soweto y otra media docena de poblaciones negras en los alrededores de Johanesburgo vivieron una anarquía asesina demencial, nutrida por opositores al proyecto democrático, en la que murieron unos 12.000. Allí, una vez más, estaba Carter. Todos los días. Se presentaba temprano por la mañana a los campos de la muerte, como se presentan los oficinistas a sus lugares de trabajo.

Yo también me presentaba allí, pero con menos frecuencia y más tarde. Siempre que llegaba a estos lugares, en pleno tiroteo o minutos después de una masacre, ahí veía a Kevin Carter, sudado, polvoriento, bolso sobre el hombro, cámara en mano. A él y a sus tres amigos fotógrafos, Ken Oosterbroek, Greg Marinovich y João Silva. Les llamaban a los cuatro “el Bang Bang Club”. Hacían fotos espeluznantes y se exponían a peligros extraordinarios. Yo había llegado a Suráfrica en 1989 tras seis años cubriendo las guerras de Centroamérica. Vi pronto que daba mucho más miedo estar en 1992 en un lugar como Tokoza o Katlehong, a escasos kilómetros de Johanesburgo, que en 1986 en los frentes del oriente de El Salvador o el norte de Nicaragua. Porque en los lugares donde los negros, animados por los blancos, se masacraban podía pasar cualquier cosa en cualquier momento y en cualquier lugar. Con un Kaláshnikov, una lanza, un machete o una pistola. Ahí trabajaba Carter. Ahí se pasaba desde las cinco de la madrugada hasta el mediodía haciendo fotos de gente matando y de gente muriendo.

Para poder hacer ese trabajo es necesario blindarse, armarse de una coraza emocional. No se puede responder a lo que uno ve como un ser humano normal. La cámara funciona como una barrera que lo protege a uno del miedo y del horror, e incluso de la compasión. Carter y sus tres camaradas dormían poco, además, y consumían drogas de todo tipo. Pasaban sus días y sus noches en un acelere mental y en un estado de anestesia emocional casi permanentes. Si se hubiesen detenido un instante a reflexionar sobre lo que hacían, si hubiesen permitido que los sentimientos penetraran la epidermis, habrían sido incapaces de hacer su trabajo. El entorno era alocado, pero el trabajo era importante. Si se hubieran quedado en sus casas o se hubieran expuesto a menos peligro, habría habido más muertos, menos presión política para acabar con la violencia. Ésta era la contribución de Carter a la causa de sus compatriotas negros.

En marzo de 1993 se tomó unas vacaciones de Tokoza y Katlehong y se fue a Sudán. Ahí, apenas aterrizar, es donde vio a la niña y el buitre. Respondió con el frío profesionalismo de siempre. No habría podido elegir otra manera de actuar. Estaba programado, anonadado. El único objetivo era hacer la mejor foto posible, la que tuviera más impacto. Ahí empezaba y terminaba su compromiso. La lógica era muy sencilla: si hacía una foto potente, se beneficiaría a sí mismo, pero también ampliaría la sensibilidad de los seres humanos en lugares lejanos y tranquilos, despertando en ellos aquella compasión -precisamente- que en él estaba necesariamente adormecida.

Por eso no hizo nada para ayudar a la niña. Porque si la hubiera ayudado, no habría podido hacer la foto. Porque había llegado al límite de sus posibilidades.

El problema era que la gente normal, empezando por su propia familia, no lo entendía. Fuera donde fuera, le hacían la misma pregunta. “Y después, ¿ayudaste a la niña?”. Se convirtió en un agobio, una pesadilla. Los únicos que no le hacían la pregunta, porque para ellos no era necesario hacerla, eran los amigos del Bang Bang Club.

En abril de 1994 le llamaron desde Nueva York para decirle que había ganado el Pulitzer. Seis días después, su mejor amigo, Ken Oosterbroek, murió en un tiroteo en Tokoza. Toda la emoción reprimida a lo largo de cuatro años salvajes explotó. Carter se quedó destruido. Lloró como nunca y lamentó amargamente que la bala no hubiera sido para él.

El mes siguiente voló a Nueva York, recibió el premio, se emborrachó, incluso más de lo habitual, y volvió a casa. La guerra se había terminado. Mandela era presidente. Suráfrica tuvo su final feliz, pero la vida de Carter dejó de tener mucho sentido. Quizá en parte porque el peligro de la guerra había sido su droga más potente, la que le había creado mayor adicción. Siguió trabajando, pero, perseguido por la muerte de su amigo y -ahora que se había quitado la coraza- la angustia moral retrospectiva de la escena con la niña sudanesa, se hundió en una profunda depresión. No podía trabajar, o si lo intentaba, caía en errores absurdos. Llegaba tarde a entrevistas, perdía rollos de fotos que ya había hecho. Y tenía problemas en casa: deudas, desamor...

El 27 de julio de 1994, exactamente tres meses después de las primeras elecciones democráticas de la historia de su país, Carter se fue a la orilla de un río donde había jugado cuando era niño, antes de que supiera lo que era el apartheid, el sufrimiento, la injusticia. Y ahí, por fin, dentro de su coche, escuchando música mientras inhalaba monóxido de carbono por un tubo de goma, logró la paz, la anestesia final de la muerte.